Quien lleva unos años en la Riviera Maya lo ve sin necesidad de estadísticas: lo que era selva ahora es plaza, lo que era un terreno baldío ahora es una torre. Y los números lo confirman. Según el INEGI, Playa del Carmen pasó de 43,613 habitantes en el año 2000 a 304,942 en 2020. Siete veces más en veinte años, a un ritmo cercano al 10% anual, cuando el promedio del país en la última década fue de 1.2%. Playa no creció rápido. Creció a velocidad de boom.
El crecimiento se siente como buena noticia, y para muchos lo es. Más obra, más turismo, más clientes, más oportunidades. La pregunta que casi nunca se hace en una junta de negocios es la otra mitad: ¿cuánto crecimiento puede absorber esta región antes de dejar de ser lo que la hizo atractiva en primer lugar?
Lo dice el propio gobierno
No es una preocupación de activistas. El Plan Estratégico para el Desarrollo Sostenible de Quintana Roo 2025-2050, un documento del propio gobierno estatal, describe la situación del estado con una frase difícil de ignorar: "profunda crisis ambiental". Cuando quien promueve el desarrollo es el primero en nombrar la crisis, vale la pena poner atención.
El costo que nadie suma
El crecimiento deja ganancias rápidas para empresarios y para los gobiernos en turno. Esa parte se contabiliza con cuidado: metros vendidos, cuartos construidos, impuestos recaudados.
Lo que no aparece en ninguna hoja de cálculo es el otro lado. Entre 1985 y 2015, Playa del Carmen perdió más de 2,500 hectáreas de vegetación natural, según estudios sobre el cambio de uso de suelo en la ciudad. Mientras tanto, la vivienda se volvió un problema para quienes sostienen el destino: el salario promedio en el municipio ronda los 8,400 pesos al mes, el del sector de hoteles y restaurantes los 14,600, y la renta promedio en Playa anda por arriba de los 12,900. La cuenta no cierra. Buena parte de quienes hacen funcionar el turismo cada vez puede vivir más lejos de donde trabaja.
Y hay costos que ya golpean la operación diaria. El sargazo dejó de ser un mal año aislado: en 2025 se recolectaron más de 40 mil toneladas en Quintana Roo, y para 2026 se proyectan cifras todavía mayores. El agua de los cenotes, el activo más íntimo de la región, empieza a mostrar focos de contaminación en la zona urbana. Son costos que se pagan en toda la región, a largo plazo, no en la cuenta de quien firma el proyecto.
Cancún como espejo
No hay que imaginar el futuro, basta ver al norte. Cancún tenía 36 mil habitantes en 1980 y superó los 930 mil en 2020. Lo que nació como un proyecto turístico planeado terminó cargando lo que cargan las grandes ciudades: tráfico, asentamientos irregulares, servicios rebasados. No lo decimos nosotros: el propio Plan de Desarrollo Urbano de Cancún reconoce que la planeación fue "rebasada por el rápido incremento de la población".
Hay un dato que resume el costo mejor que cualquier discurso. Entre 1982 y 2007, la playa pública de Cancún pasó de casi 309 mil metros cuadrados a poco más de 8 mil escriturados como públicos. El acceso al mar, lo que daba sentido al lugar, se fue privatizando hasta casi desaparecer. Es el espejo de hacia dónde puede ir la Riviera Maya si crece sin preguntarse hasta dónde.
La misma lógica de cualquier negocio
Aquí hay algo que todo emprendedor entiende, porque lo ha vivido en su propia operación: el crecimiento sin límite termina destruyendo la base que lo sostiene. Un negocio que crece más rápido de lo que puede dar servicio pierde a sus clientes. Uno que exprime a su equipo se queda sin equipo. Uno que sacrifica lo que lo hacía especial por escalar, deja de ser especial.
Con una región pasa igual. La pregunta madura no es si la Riviera Maya debe dejar de crecer, sino si puede seguir creciendo sin perforar al mismo tiempo su acuífero, su vegetación, su acceso a vivienda y su infraestructura. Dicho en términos de negocio: no toda apreciación del suelo crea valor que dura. Hay plusvalía que construye y plusvalía que extrae. La Riviera Maya es atractiva por el mar, la selva, el ritmo, la mezcla de gente. Si el crecimiento se come justo eso, se come también la razón por la que todos vinimos.
Lo que sí está en nuestras manos
Es fácil sentir que estas decisiones se toman muy arriba, lejos de cualquiera. Y en parte es cierto. Pero la comunidad de negocios de la región también escribe parte de la historia, con cada elección de a quién atraer y con qué. El lenguaje de sostenibilidad ya está en todos lados; lo que escasea son los compromisos medibles que separan la sustancia del marketing.
Los espacios como Kiin Hub existen porque hay gente construyendo proyectos aquí, y eso nos pone una pregunta encima: ¿qué tipo de negocios queremos sumar a la Riviera Maya? ¿Los que vienen a extraer lo que puedan y seguir, o los que quieren quedarse, emplear bien, cuidar el lugar y construir algo que dure? No es lo mismo crecer que crecer bien.
Para cerrar
No tenemos la respuesta a cuánto crecimiento aguanta la región. Quizá nadie la tiene con precisión. Pero la pregunta de fondo ya no es retórica: si el crecimiento desgasta el agua, encarece la vivienda, desplaza la selva y empuja la infraestructura al límite, ¿está creando valor o está consumiendo el mismo activo que lo hizo posible? Crecer no es el problema. Crecer sin preguntarnos a costa de qué, sí.
Eso es parte de la conversación que nos gusta tener en Kiin Hub, entre quienes estamos construyendo algo en esta región y queremos que siga valiendo la pena dentro de veinte años.
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