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Playacar: qué hace que un lugar siga valiendo cuarenta años después

Cambió de manos, el grupo que lo expandió no sobrevivió a la devaluación del 94, un huracán se llevó las playas y el sargazo llegó para quedarse. Sigue siendo el fraccionamiento más consolidado de la ciudad. Vale entender por qué.

Calle empedrada y arbolada en Playacar, con un flamboyán en plena floración roja y palmeras a los lados

Cambió de manos, el grupo que lo expandió no sobrevivió a la devaluación del 94, un huracán se llevó las playas y el sargazo llegó para quedarse. Sigue siendo el fraccionamiento más consolidado de la ciudad. Vale entender por qué.

El desarrollo arrancó en 1979, con Fernando Barbachano Herrero, sobre veinticinco hectáreas. Barbachano vendió el proyecto a la hotelera estadounidense Aircoa, y en 1994 lo compró un grupo de Guadalajara dedicado a marinas, hoteles y campos de golf. Ese grupo levantó la Fase 2, con el campo de golf que se inauguró ese mismo año, diseñado por Robert von Hagge, y los grandes hoteles alrededor.

Ese mismo diciembre llegó la devaluación del peso. El grupo nunca se recuperó: tardó diez años en desmontarse y en 2004 vendió nueve hoteles por cien millones de dólares.

Lo notable es que el activo sobrevivió a todo eso. Al cambio de manos, a la caída de quien lo expandió, y a una década de incertidumbre sobre quién iba a quedarse con qué.

Y después sobrevivió a más. A Wilma, que en octubre de 2005 se estacionó sobre la península y se llevó las playas del litoral. Y al sargazo, que llegó en 2015 y se quedó.

Hoy, en ese mismo fraccionamiento, hay casas frente al mar de siete cifras en dólares y una docena de hoteles operando.

Si tienes un negocio y estás decidiendo dónde ponerlo, esa resistencia dice más que cualquier proyección.

Lo que se deterioró es lo que se vendía

Aquí está la parte que más llama la atención.

Todo lo que falló en estos cuarenta años tiene que ver con la playa, que era exactamente el argumento de venta original. El sargazo, la erosión, los huracanes. El folleto prometía playa, y la playa es lo que se movió.

Lo que sostuvo el valor es lo que nadie mencionaba en 1979.

Que el fraccionamiento iba a madurar. El arbolado, las calles, la sensación de estar en un lugar hecho y no en obra.

Que la infraestructura se iba a consolidar. Servicios, accesos, mantenimiento.

Y que la ubicación iba a seguir siendo buena. Cinco minutos del centro, junto al muelle del ferry a Cozumel, con salida directa a la federal.

Esas tres cosas no salían en ningún anuncio. Y son las que quedaron.

Cómo se escoge un lugar entonces

Cuando uno evalúa dónde poner algo, casi siempre mira lo que está pasando ahora: cuánta gente camina por ahí, qué tan bonito se ve, qué tan de moda está la zona.

Eso cambia, y más rápido de lo que uno espera.

Lo que no cambia es lo estructural. Si hay acceso o no lo hay. Si está cerca de donde la gente ya tiene que ir. Si los servicios están o hay que traerlos. Si el entorno sigue construyéndose o ya se detuvo.

La pregunta útil no es qué tan bien se ve hoy. Es qué de esto va a seguir siendo cierto en diez años.

Y casi siempre la respuesta está en la lista aburrida, no en la atractiva.

Lo que también dice sobre sostenerse

El grupo que compró el desarrollo y levantó la Fase 2 con su campo de golf tenía razón sobre el lugar. El tiempo se la dio de sobra.

Lo que no tuvo fue con qué esperar a que se la dieran. La devaluación llegó a media obra, y diez años no alcanzaron para reponerse.

Que tu proyecto sea bueno y que puedas sostenerlo son dos cosas distintas, y las dos hay que cuidarlas.

No es un argumento contra arriesgarse. Playacar existe precisamente porque varios se arriesgaron, y uno de ellos no la libró. Es un argumento a favor de saber cuánto tiempo puedes aguantar antes de necesitar que el proyecto rinda.

Y algo que vale para la región completa

Playacar no es el único caso. La Riviera Maya lleva cuarenta años de ciclos: auges, correcciones, huracanes, pandemias, sargazo.

Los negocios que llevan décadas aquí no son los que adivinaron el auge. Son los que aguantaron las bajadas.

Eso dice algo sobre cómo conviene decidir en esta región. Lo que más rinde no es acertarle al momento bueno, es estar construido para el momento malo.

Tres preguntas antes de decidir un lugar

¿Qué de esto sigue siendo cierto sin importar la temporada? Acceso, cercanía, servicios. Lo que no depende de que las cosas vayan bien.

¿Qué parte de mi argumento depende de algo que puede moverse? No para descartarlo, sino para saber cuánto peso cargar ahí.

Y si esta zona se detiene tres años, ¿mi negocio sigue funcionando? Si la respuesta depende de que la zona no se detenga, ahí está el riesgo.

Por qué esto importa ahora

Estamos en un momento donde varias zonas de la región se ven distinto a como se veían hace tres años. Algunas crecieron, otras se enfriaron.

Quien esté decidiendo dónde abrir, dónde mudarse o dónde invertir tiene enfrente la misma pregunta que tuvieron en 1979, en 1994 y en 2004.

Y viendo cómo salió aquella, la respuesta probablemente no está en lo que se ve más atractivo hoy.


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