Negocios y EmprendimientoRiviera Maya

El plan que se fue armando: lo que Puerto Aventuras le enseña a quien está empezando

Su fundador lo dice sin adorno: no tuvo una visión, tuvo una idea. Y cada vez que aprendió algo, cambió el plan. Cuarenta años después vale ver qué salió de ahí.

Marina de Puerto Aventuras bajo un cielo nublado, con yates y veleros atracados, casas con frente de agua al fondo y un muelle de piedra en primer plano

Su fundador lo dice sin adorno: no tuvo una visión, tuvo una idea. Y cada vez que aprendió algo, cambió el plan. Cuarenta años después vale ver qué salió de ahí.

A media hora por la federal hay un desarrollo que empezó más o menos cuando Playacar y tomó el camino contrario.

Román Rivera Torres compró siete parcelas colindantes, unas 320 hectáreas, y empezó a construir. Su idea era un fraccionamiento pegado al mar con un campo de golf.

Hoy Puerto Aventuras tiene dos marinas, casi veintitrés mil habitantes contando el poblado, y estuvo en sus manos hasta que se vendió el último lote, hacia 2024.

Y él describe así como empezó: "No tuve una visión para ser Puerto, tenía una idea, y se fue armando."

Esa frase parece una confesión de improvisación. No lo es, y ahí está lo interesante.

Cambió el plan cuando tuvo un dato

La marina no estaba en el proyecto original. La sugirió su exsuegro, y el equipo que construía propuso hacerla tierra adentro en lugar de sobre la costa.

Lo que hizo que el cambio se sostuviera fue un número: un lote frente a la marina se vendía a 800 dólares el metro, y uno frente al golf a 200.

Cuatro veces más por el mismo terreno, dependiendo de qué tenía enfrente.

Y no era solo el precio. En la marina colocaba tres lotes al mes; en el golf, uno cada tres meses. Nueve veces el ritmo, con el terreno más caro.

Con ese dato, el plan dejó de girar alrededor del golf y empezó a girar alrededor del agua. Se excavaron casi dos kilómetros de canales, y después una segunda marina y una tercera.

La distinción importa: no cambió de idea porque se le ocurrió otra cosa. Cambió porque aprendió cuánto valía cada opción.

Eso es lo contrario de improvisar.

Encontró con qué pagar la obra dentro de la obra

Aquí hay algo que casi no se cuenta y que vale más que toda la anécdota.

Excavar canales en roca caliza no es barato. Y él dice que lo que le costó excavar la marina lo recuperó en el valor del material que sacó.

La piedra que había que quitar para hacer el canal era material de construcción que se podía vender.

O sea que el costo de hacer el activo se cubrió con un subproducto del propio trabajo.

Eso no es suerte, es haber mirado dos veces. Y aplica a escalas mucho más chicas: el espacio que desocupas puede rentarse, el proceso que documentas para ti puede venderse, la investigación que hiciste para una decisión propia le sirve a otro.

La pregunta que deja es buena: qué estás tirando hoy que alguien pagaría.

Le faltó capital, y eso le costó

La otra parte de la historia es menos lucida y él tampoco la esconde.

No tuvo apoyo de bancos. El proyecto se financió con socios y con preventa, y cada socio que entró le hizo ceder algo.

Décadas después, el control del desarrollo quedó concentrado en un grupo distinto al suyo, y eso derivó en años de conflicto entre el fideicomiso que administra y la asociación de propietarios.

La lección no es evitar socios. Sin ellos el proyecto no existía.

La lección es saber qué estás cediendo cuando entra dinero ajeno, y que eso se decide al principio, cuando todavía tienes con qué negociar. No después, cuando ya necesitas el cheque.

Lo que creció fuera del plan

El poblado de apoyo lo proyectaron para siete mil personas. Hoy tiene treinta y nueve mil, según el propio fundador.

Y eso también es una lección, aunque sea incómoda: un proyecto que funciona genera cosas que no estaban en el plan, y algunas no se pueden controlar.

El pueblo de trabajadores no estaba en el plan maestro de nadie, ni en Puerto Aventuras ni en Playacar. En los dos casos creció más rápido y con menos orden que el desarrollo que lo necesitaba.

Los dos planes de la misma época

Y aquí está lo que hace que esta historia valga más que una anécdota.

A media hora por la federal, en los mismos años, se desarrollaba Playacar. Con un plan detallado al extremo, siguiendo la escuela de Fonatur, y con deuda en dólares detrás.

El del plan detallado no sobrevivió a la devaluación de 1994. El grupo que lo construía colapsó y tardó una década en desmontarse.

El que se fue armando siguió en sus manos casi cuarenta años, hasta vender el último lote.

No quiere decir que planear sea malo. Playacar sigue ahí y es el fraccionamiento más consolidado de la ciudad, precisamente porque la infraestructura ya estaba hecha cuando llegó la crisis.

Lo que dice es otra cosa: el plan no es lo que te sostiene. Lo que te sostiene es poder ajustarlo sin quebrar mientras lo ajustas.

Cuatro preguntas que deja

¿Qué parte de tu plan es convicción y qué parte es un dato que ya no revisaste? Él cambió de golf a marina porque midió. La mayoría de los planes se sostienen por costumbre.

¿Qué estás tirando que alguien pagaría? El material del canal pagó el canal.

¿Qué cedes si entra dinero ajeno, y ya lo hablaste? Eso se negocia al principio, no cuando urge.

Y si tu proyecto crece al triple de lo que calculaste, ¿qué se rompe primero? Porque va a crecer por donde menos lo esperas.


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Datos: la crónica de Fernando Martí en Fantasía de Banqueros, la entrevista a Román Rivera Torres en Oveja Negra (2026) y el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI.